Escritos La matrescencia: perderse y encontrarse siendo madres

Luisa Moyano

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La matrescencia: perderse y encontrarse siendo madres
Foto de mi segunda experiencia maternal, primeros dias posparto.

La maternidad nos transforma. Al menos, esa fue mi experiencia. Recuerdo que, después de dar a luz a mi primera hija, sentía que era otra persona. En mis primeros días como madre, me costaba conectar con la alegría y el agradecimiento que se suponía debía sentir. Algo en mí había cambiado, y aunque no podía explicarlo del todo, sabía que no era solo cansancio. Era un torbellino de emociones, de ambivalencia, de una nueva identidad que aún no terminaba de reconocer.

Con el tiempo, entendí que no estaba sola en esto. En mis embarazos posteriores, la vivencia fue distinta, pero la transformación seguía ahí. Porque cada hijo llega para expandirnos, para hacernos más grandes en amor, pero también para desafiarnos a conocernos de nuevo.

Si alguna madre se ha sentido así—perdida, desorientada, como si hubiera cambiado sin previo aviso—quizás esté experimentando la matrescencia. Este término, que une las palabras “madre” y “adolescencia”, describe el profundo proceso de cambio físico, psicológico y emocional que atravesamos al convertirnos en madres. Nuestro cerebro se reorganiza: nuestras prioridades cambian, nuestros intereses se transforman, todo en función de esa nueva vida que ahora depende de nosotras.

La matrescencia tiene muchas similitudes con la adolescencia. Así como en esa etapa nos alejamos de nuestras figuras parentales para construir nuestra identidad adulta, en la maternidad vivimos un proceso de desorientación y reorientación. Como señala Susana Carmona en su libro Neuromaternal, nos volvemos más sensibles, más empáticas, nos repensamos no solo como madres, sino también como mujeres e hijas. A nivel cerebral, esta transformación está documentada como un proceso de neuroplasticidad: nuestro cerebro cambia, se reconfigura, aprende, crece. Pero también nos vuelve más vulnerables emocionalmente.

Este proceso es irreversible. No podemos volver a ser quienes éramos antes de ser madres, porque la maternidad nos ha cambiado para siempre. Sería como pedirle a un adolescente que regrese a la infancia. Nuestro cerebro materno ha madurado, ha aprendido, ha procesado una enorme cantidad de información. Antes nos enfrentábamos a la vida de forma individual; ahora, tenemos a un ser que depende de nosotras, que nos necesita para construir su vínculo con el mundo. Y eso, inevitablemente, nos transforma.

La matrescencia está llena de contrastes: de miedos y certezas, de dudas y alegrías, de luces y sombras. Pero no es una enfermedad ni un trastorno. Es parte de la experiencia de ser madre, en mayor o menor medida, para todas nosotras.

Por eso, es fundamental que las madres tengamos apoyo, espacios donde podamos hablar, sentirnos escuchadas, compartir sin miedo nuestras emociones. Porque si enfrentamos esta etapa sin recursos emocionales ni redes de apoyo, la salud mental materna puede verse afectada. Es hora de soltar la idea de la madre “perfecta”, esa que llega a todo, que es impecablemente funcional dentro de un sistema que no deja espacio para el autocuidado ni la vulnerabilidad. Esa imagen distorsionada de la maternidad solo genera frustración y culpa.

Hablemos de lo bello y de lo duro. Validemos nuestras emociones, pidamos ayuda cuando la necesitemos y recordemos que no estamos solas en este camino de transformación.